¿Dónde quedó el “Saber Esperar”?

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La diferencia entre aula y jaula, es de tan solo de una letra, y en muchos casos, esa es la única diferencia que nos encontramos. Romper este paradigma, supone incluir algunos elementos que más de uno se tiraría las manos a la cabeza, porque para aprender, primero hay que desaprender, y esto es una batalla perdida para la Escuela.

Esta nueva filosofía, supondría una gran confianza en el niño.

Supone admitir que el niño, moviéndose en clase con un amplio margen de libertad, es capaz de orientarse, de organizar un trabajo, de trabajar en aquello que le gusta, de investigar en aquello que le llama la atención…

Supone permitir que el niño pierda el tiempo, mucho tiempo, en no hacer nada, bien porque no tiene ganas, bien porque tiene problemas. Otras veces, esa perdida de tiempo consiste en hablar con un compañero, en llenar hojas y hojas de dibujo libre, etc… Esto sirve para que el maestro lo observe, pueda estudiarlo, y tener, por tanto, más elementos para ayudarle.

Supone en no recargar a los niños con tareas para casa, porque los padres lo piden, tareas que para el niño muchas veces no tienen sentido y que son causa de que vayan creando una fobia hacia el trabajo de la escuela.

Supone en dedicar más tiempo en la escuela a otras actividades olvidadas por considerarlas secundarias, como la danza, el ritmo, el mimo, el guiñol, el teatro, las artes,.. en una palabra, cuidar la creatividad del niño en todas las vertientes posibles.

Supone permitir al niño que camine solo por caminos inexplorados por él, que busque solo, con riesgo a que tropiece, a que se equivoque, porque así es como se genera el aprendizaje más significativo. Ya nos encargaremos de que no sean excesivos.

Cuantos estaréis, al leer todo esto, pensando que es una locura, que la escuela no puede desarrollar un proyecto con estas premisas y en definitiva , la idea básica de está detrás de todo este planteamiento es el SABER ESPERAR. Para que el niño elija su opción de trabajo, para que se manifieste y podamos así tratar con un niño transparente, y no con un niño condicionado por todo el arsenal de hábitos que el adulto desea imbuir a toda costa: habito de leer enseguida, hábito de saber comportarse, habito de respeto (callar y someterse siempre que un adulto hable, no ser contestón), habitos políticos, religiosos,…

Saber esperar a que un niño desee y pida, saber esperar a que el niño pregunte, saber esperar a que todo él se vaya desarrollando normalmente, naturalmente, sin prisas.

Todo esto dentro de un orden lógico, pautado y normas claras de convivencia, pero básicamente, saber esperar…

Pero siendo realistas, este hábito no permite desarrollarlo la sociedad actual, porque se ha desterrado una virtud fundamental en el proceso de aprendizaje de una persona: LA PACIENCIA.

No se deja actuar a la naturaleza y se precipitan los procesos convirtiendo todo en un laboratorio de reacciones aceleradas. Si el hombre cae enfermo, rápidamente nos administran medicamentos para reducir el malestar, sin dejar que el organismo actúe y mejore su sistema inmune. Se trata a los árboles con fuertes cargas de fertilizantes para que fructifiquen profusamente y en todo tiempo. Se engorda a los animales con toda clase de artificios, encerrándoles para que no se muevan. Se imitan toda clase de sabores artificialmente para que no notemos el cambio. Todo ello, se nos dice, es necesario para el abastecimiento de una humanidad que crece y crece. Pero con tantas hambrunas y tanta pobreza… ¿es éste realmente el objetivo de acelerar los procesos naturales?

El hecho es que la sociedad vive en inmersa en una vorágine de premura generalizada, que arrastra toda idea que implique mesura, reflexión reposada, paciencia, espera. Y esto, que ha contagiado a todas las actividades del hombre, ha llegado, ¿cómo no? a la Escuela. Y ¿cómo se manifiesta? Intentando almacenar en el niño cada vez más conocimientos y procedimientos en el menor tiempo posible.

Y de esta corriente, también están contagiados los padres y quieren ver pronto fabulosos resultados. El cómo no importa. Para ello se somete al niño a todo tipo de presiones físicas y morales en la escuela, y en la propia familia. Se le coacciona, se le chantajea, se le castiga, se le prometen regalos, se les priva de juegos y expansiones, se le administran clases extras que se prolongan durante las vacaciones. Con todo ello, si el niño no tiene capacidad para el estudio, si no se ha logrado nada positivo, si los ritmos establecidos por criterios estandarizados no se alcanzan por el niño, se van creando en los menores innumerables creencias limitantes y traumas inimaginables.

Cuando a los niños se les introduce en la experiencia de intentar convivir en libertad en una clase y en una escuela con otras personas, ello representa abrirle a una desconocida ventana, a un paisaje tan vasto y maravilloso, que es completamente natural que se sienta perdido y desorientado, felizmente desorientado. Necesitará un tiempo de adaptación a una nueva forma de relacionarse y de trabajar puesto que por su procedencia y ambiente, vive un medio bastante autoritario. Porque cuando un niño llega a una clase en la que, de entrada, no se exige ningún trabajo concreto, sino que se le ofrecen diversas posibilidades, el niño necesita “situarse”. Y esa situación les lleva algún tiempo, quizás demasiado para los adultos hechos a no esperar.

Suena a utopía, a sueño a imposible. Pero es urgente. El niño debe estar en el centro y el saber esperar y la paciencia son fundamentales para configurar una estructura sólida de aprendizaje personalizado, donde el niño aprende más cuando descubre, cuando investiga o cuando algo le motiva, que cuando le viene impuesto por un adulto.

Por una Escuela que sea capaz de integrar las nuevas necesidades del presente.

Emilio Torres González          #SCHOOLFORCHANGE

 

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