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Nuestra escuela y nuestro sistema educativo sigue sacando malas notas. No hay reacción ni manera de entender que la mejora de la escuela transforma su entorno y es estratégico para un profundo cambio social, el cual puede ofrecer verdaderas oportunidades a los que serán los ciudadanos del futuro.

Los jóvenes, maestros, familias y sociedad son víctimas de un sistema educativo mal diseñado, obsoleto, variable, ideologizado según quién gobierne, que tiene unos resultados vergonzosos: tasas de fracaso escolar y de paro juvenil altísimas, unas cifras de analfabetismo funcional evidentes y, sobre todo, una notable incapacidad de mantener a los estudiantes entusiasmados con su propio aprendizaje.

Para cambiar nuestra Escuela hay que dar mayor libertad a los docentes e instituciones para crear centros educativos con pedagogías alternativas, reforzándoles y dándoles más autonomía. También apostar por la creatividad y el aprendizaje vivencial y significativo, des protagonizar la memorización y los exámenes, flexibilizar el currículo, reducir radicalmente las ratios en vez de aumentarlas y dar un verdadero impulso a la educación emocional, la personalización y la atención a las necesidades individuales.

En infantil algunas carencias evidentes son la separación temprana de sus figuras de apego, mala adaptación, fichas interminables y obligación de normas que impiden al niño su actividad natural de juego, movimiento y experimentación. En Primaria: memorización y estandarización, deberes y más deberes, exámenes que no valoran la creatividad y la curiosidad y sí la capacidad de estudiar exactamente lo que pone en el libro. Y eso sí, muchos castigos como si los castigos fueran a despertar su amor al saber. Y cuando llegan a Secundaria, están hartos, forzados a seguir dedicando horas a aprender lo que otros exigen necesario, sin cuestionarse un porqué y sin capacidad de preguntarse sobre ellos mismos, sin tiempo libre, agotados y sin capacidad de pensamiento crítico.

Por supuesto, hay alumnos que mantienen la pasión y la capacidad de investigación y maestros con una enorme vocación dispuestos a seguir dándoles a los niños las herramientas para aprender a pensar. Pero con un currículo cerrado, contenidos prescriptivos, homogeneidad y valoración de resultados en exámenes memorísticos, con la amenaza siempre de los suspensos y las pruebas estandarizadas, bien difícil lo tienen los que quieren un cambio del paradigma.

Solamente con un cambio muy profundo en este paradigma educativo, con una renovación total del concepto de enseñanza y de organización de esta. Un aprendizaje vivencial, creativo, diverso y con mucha mayor flexibilidad es lo necesario. Mayor autonomía del maestro y una mejor educación emocional de los profesionales que entiendan que lo que cuenta no es que el niño esté callado, sino que sienta pasión por lo que va a aprender y que se le permita trabajar con la idea de que no todos deben aprender lo mismo a la vez.

La que fomentara el placer por leer, cada uno a su ritmo. La que ofreciera una verdadera enseñanza personalizada, orientada a las áreas de interés del alumno y a sus necesidades reales. La que aprovechara las horas lectivas y no precisara dos o tres horas de trabajo adicional en casa. La que permitiera aprender sin memorizar párrafos y párrafos de contenidos sin utilidad práctica. La que consiguiera que los niños disfrutaran aprendiendo y lo hicieran, sobre todo, mediante la experimentación, la vida y el juego.

Un reto que NO es imposible, pero que solo se podría lograr con mayor inversión en medios materiales y humanos, una preparación continua de los maestros, y un concepto del éxito educativo que no se midiera en exámenes memorísticos sino en el conocimiento diario. No más horas de clase, sino mejores clases. No más autoridad del maestro, sino un acompañamiento cargado de motivación.

Los niños deben tener un papel mucho más activo en su educación. Esto fomenta su creatividad, su curiosidad, su autoconomiento, su responsabilidad y el desarrollo de sus talentos y pasiones. Los contenidos de la escuela deben ser mucho más flexibles y personalizados

En la primera etapa, la infantil, los niños aprenden jugando y deben conservar el derecho a jugar, a jugar mucho porque lo necesitan y además, porque el ser humano está programado para aprender jugando.

Los niños necesitan tener mucho tiempo libre por lo que la escuela no debería imponerles actividades lectivas fuera del horario escolar para que puedan aprender lo que les apasiona a cada uno de ellos, para que puedan conocerse y reflexionar y sobre todo, para que puedan jugar.

Creo que se aprende haciendo y hablando, pues es la manera en la que los seres humanos aprenden, y que por tanto, la actividad real y la conversación sin juicios es básica para que puedan desarrollarse de manera óptima y feliz. Los castigos son antipedagógicos y que deben usarse otras herramientas para ayudar a que los niños se relacionen respetuosamente y aprendan.

Sin duda, todo esto es un verdadero reto, e incluso muchos pensareis que es una utopía. Tenemos que luchar para que nuestra Escuela se convierta en ese lugar mágico donde ocurre algo muy especial, el aprendizaje.

Realmente no es fácil, y los obstáculos y creencias de una sociedad anclada en un sentimiento de conformismo complicará mucho este cambio, pero creo firmemente, que esta mejora de la escuela no será una aventura de unos pocos, sino una realidad de todos.

Emilio Torres González.

#SchoolforChange