Comprender para vivir, comprender para sentir, comprender para crecer. ¿Tal vez “la compresión” en su sentido más amplio se está convirtiendo en la competencia fundamental para el desarrollo humano actual?

Es urgente redefinir “la comprensión” para que pueda ser entendida como un proceso educativo básico que posibilita a los alumnos su aplicación en cualquier situación de la vida. Y es un proceso que implica mucho más que la simple pero compleja decodificación, pues ésta trasciende hacia la interpretación, la argumentación y la proposición, todas ellas competencias comunicativas básicas, pero que establecen la base del desarrollo y el nacimiento del resto de competencias.

La comprensión precisa el desarrollo de muchas habilidades y operaciones mentales consideradas estrategias metacognitivas para que el estudiante llegue a comprender como debe comprender. Dichas habilidades, para convertirlas en verdaderas competencias de vida, exigen de un ejercicio permanente desde que nacemos. La discriminación sensorial, las asociaciones y calificaciones, los patrones y secesiones y las habilidades visomotoras; siguiendo con las habilidades básicas como la identificación de la idea principal, la secuenciación y la deducción, hasta al dominio de las habilidades de carácter superior o de síntesis, como el resumen, la reseña, el ensayo, los mapas conceptuales, los mapas metales, el pensamiento visible,…

Cada mañana, cuando despertamos, estamos abriendo los sentidos a un continuo nuevo aprendizaje, a un continuo desarrollo del aprender a aprender, de nuevos conocimientos, de nuevas situaciones, nuevos retos y problemas,.. todo ello con la sistematización de los conocimientos anteriores y los nuevos, en la búsqueda constante de competencias que nos conecten con la realidad y la cotidianidad, solucionando con ello y de forma inteligente los problemas nuevos que nos va deparando la vida misma.

Búsqueda de nuevos conocimientos, en un entorno digital, que ha venido a cambiar todos los paradigmas del nuevo siglo. Un entorno al que llamamos el nuevo continente, el mar de la información y sobre el cual está constando hacer navegar a la sociedad actual. Un océano que nos ofrece información ilimitada, sin filtro, presentada en múltiples formatos y con una veracidad no demostrada. Y nos preguntamos; ¿Quién está enseñando a remar en este nuevo mar desconocido? ¿Qué tan buena es esa búsqueda de nuevo conocimiento para resolver de forma inteligente esos nuevos problemas? ¿Cómo están buscando y filtrando, como están razonando y criticando, como están creando nuevos ideas en torno a lo nuevo que van comprendiendo?

Preguntas todas ellas inciertas, y sin una respuesta clara por parte de los grandes expertos de la pedagogía. ¿Es la escuela la que debe dotar a las nuevas generaciones de este competencia digital, para que con éxito los jóvenes puedan encontrar todo lo necesario para la resolución de sus nuevos retos? ¿se puede enseñar a nadar sin haberse tirando nunca a la piscina?

Sin duda el nuevo escenario es realmente complejo e incierto, donde ya no solo basta crear procesos para la comprensión, sino que el entorno en el que ésta se desarrolla ha cambiado complemente. Estamos ante la era de la información, donde han llegado las bien llamadas tecnologías de la información, y esto nos hace cambiar por completo las recetas del aprendizaje. Las de ayer ya no sirven y es por ello que nos encontramos ante uno de los momentos más apasionantes a los que la raza humana se ha enfrentado nunca, entendiendo “la escuela” como la llave que le de respuesta a todas las preguntas anteriores. Y si no las resuelve, la desigualdad social del futuro ya no se medirán desde el tener, sino desde el usar… y esto es un cambio de paradigma brutal, porque el nuevo alfabetismo habla de la propiedad del uso, del saber hacer, de las competencias fundamentales, del nuevo idioma que las tecnologías obligan aprender…

Si la compresión del mundo en el que vivimos ha cambiado, el mundo en el que aprendemos debe cambiar.

Emilio Torres González.